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BERGMAN, EL CINE Y LA MUERTE.
Una infancia compleja en el seno de una familia luterana con una educación religiosa rigurosa que marcó a Ingmar Bergman no solo en su vida, sino también en su obra. En 'La Linterna Mágica', (autobiografía) apenas muestra bondad al describir la relación con sus padres, dominando allí las tinieblas y el recuerdo de castigos. En pocos cineastas se identifica tanto vida y obra, la educación, la vida conyugal, las angustias y la soledad conforman el universo fantasmal de un artista atormentado. Bergman nació en 1918 en Upsala, Suecia, en una familia en que la represión de los instintos se consideraba una virtud. No resulta extraño entonces que tanto él como su hermana Margareta se refugiaran en un universo imaginario: juntos compraban trozos de película para el proyector familiar y construyeron un teatro de marionetas. A los veinte años dejó a sus padres para instalarse en Estocolmo y desde entonces se dedicó al teatro universitario. En 1942 fue invitado a formar parte de la Productora Fílmica Sueca (Svensk Filmindustri), donde pasó años revisando guiones y escribiendo. Nunca dejó de trabajar para el teatro montando en los 50 un promedio de dos obras nuevas cada invierno en el teatro municipal de Malmö, poniendo en escena a Ibsen, Strindberg, Moliere, Shakespeare. En 1945, la Svensk Filmindustri le ofrece la oportunidad de dirigir su primera película: “Kris”. En esos años se confiesa irremediablemente separado de su entorno, como un ser humano constantemente en conflicto con la autoridad en cualquiera de sus manifestaciones, sin tener ni siquiera posibilidad de creer en una fuerza superior. Si “Barco hacia la India” (1947) y “Prisión” (1948) son perfectamente representativas de este período, las dos últimas obras de esta década, “La Sed” (1949) y “Hacia la Felicidad” (1949), muestran una nueva preocupación que aborda el tema de la pareja conflictuada. Los amantes protagonistas de sus películas, prisioneros el uno del otro, se entregan a un combate oral despiadado con evidentes resonancias de Strindberg. Al principio de los años 50 rodó dos brillantes historias de amor que exaltaban a la vez el esplendor del verano sueco y los fuegos efímeros de la pasión: “Juegos de Verano” (1950) y “Un Verano con Monika” (1952). A partir de entonces, dos temas se entrecruzan constantemente en su filmografía: el primero, reflexivo y filosófico, analiza la angustia de un mundo que se interroga sobre Dios, la dicotomía bien y mal y, de una forma más general, sobre el sentido de la vida; el segundo, cáustico, brillante y satírico, borda sutiles variaciones sobre la incomunicación en el seno de la pareja. La obtención por parte de “Sonrisa de una Noche de Verano” del Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes de 1955, lo a sitúo en una posición privilegiada y le permitió abordar un proyecto que acariciaba desde tiempo atrás: “El Séptimo Sello” (1956), alegoría sobre la vida y la muerte donde refleja a la vez su concepción afectiva e intelectual de Dios, es el filme con que se inicia el ciclo tributario a Bergman y Antonioni en la sala de Collahuasi el viernes 14. El éxito obtenido por el film ofreció la posibilidad de dirigir cuatro importantes títulos: “Fresas salvajes” (1956), con el director de cine Victor Sjöstrom como protagonista en que recurriría nuevamente a sus recuerdos de infancia para efectuar un acercamiento lúcido y benévolo a la vejez. Rodó después “En el Umbral de la Vida” (1957), un ejercicio de apariencia más documental que disecciona las reacciones de tres mujeres ante la maternidad.
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En “El Rostro” (1958), un mago, otro alter ego bergmaniano, se gana la vida fascinando al público y exponiéndose a sus sarcasmos. Finalmente, “El Manantial de la Doncella” (1959) es una cruel historia de violación, asesinato y venganza, basada en una balada medieval. En el transcurso de los años siguientes, el estilo de Bergman experimentaría un cambio sensible. El cineasta aborda una etapa más austera, una técnica más depurada, una temática más profunda con un marco de menor brillante al servicio de un pensamiento inquieto y desgarrado. La trilogía formada por “Como en un Espejo” (1961), “Los Comulgantes” (1962) y “El Silencio” (1963) le permitió ajustar cuentas definitivamente con su educación religiosa. Bergman se convirtió en portavoz intelectual de su tiempo, persuadido de que el ser humano había llegado a una fase crítica de su evolución y de que la apatía del mundo moderno era tan sólo el reflejo de un cierto desencanto. “Persona” (1966), una obra profundamente marcada por la influencia de Jung y el psicoanálisis, lo reunió con la actriz noruega Liv Ullman. A su alrededor, el cineasta tejió en los años siguientes una serie de dramas que destacan por su crudeza y violencia, como “La Hora del Lobo” (1967), “La Vergüenza” (1968) o “Pasión” (1970). “Gritos y susurros” (1972), alucinante estudio de los últimos días de vida de una mujer enferma de cáncer y del comportamiento de sus hermanas, es encumbrada como una de sus obras maestras. Con la televisión desde 1969 mantuvo una relación constante, realizó “El Rito”, “Secretos de un Matrimonio” (1973) y la adaptación de “La Flauta Mágica” (1974). En 1976, problemas tributarios lo llevaron a exiliarse en Munich, donde dirigió para de Laurentiis “El Huevo de la Serpiente” (1977), ambiciosa reconstrucción del Berlín inmediato a la posguerra. La película se hizo eco del desasosiego y las preocupaciones del realizador como ocurrió también en “De la Vida de las Marionetas” (1980), donde se reflejan la impotencia y el sentimiento de fracaso de un individuo perseguido por la sociedad. En 1982, presentó “Fanny y Alexander” y anunció que sería su última producción para la pantalla grande. Fuertes connotaciones autobiográficas aclaran retrospectivamente los temas de su obra: la fascinación por el mundo de los actores, el temor a los tabúes religiosos, la complicidad con el universo femenino, el descubrimiento de la muerte, todo visto a través de los ojos de un niño de doce años. A partir de entonces produce para la televisión obras como “Después del Ensayo” (1983), “Los Dos Bienaventurados” (1986) o “En presencia de un Payaso” (1997), y sus guiones son llevados al cine por otros cineastas cercanos a su entorno, su hijo Daniel Bergman, con “Niños del Domingo” (1992), Bille August, con “Las Mejores Intenciones” (1992), y su ex-compañera sentimental Liv Ullman, realizadora de “Confesiones Privadas” (1997) e “Infiel” (2000).
Woody Allen, cineasta amigo y admirador de la obra del sueco, creador de “Interiores” (1978) a modo de tributo, plantea “que (a Bergman) le habría encantado cambiar cada uno de sus filmes por un año más de vida. De esa forma habría podido disfrutar, aproximadamente, de 60 años más para seguir haciendo (…) lo que más le gustaba de todo: crear películas”.
IVAN CARDENAS
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