Simplemente, Anti Poesía

Por Samuel Muñoz MayorgaCuando, en cierta ocasión, dije que me reventaba Michael Jackson, me miraron como a un bicho raro y, con cierto retintín despectivo, me endilgaron “¿Por qué, si a todo el mundo le gusta?”  No puedo negar que me sentí un tanto culpable.  ¿De qué?  No sé.  Quizá de nadar contra la corriente.  Ahora bien, vamos a poner así las cosas: me gusta la antipoesía, y me cae bien Nicanor Parra; le den, o no, el Premio Nóbel.  ¿Qué me dice?

 

“Eso no es poesía”.  Se le salió a usted, con natural espontaneidad.  Se nota que está plenamente convencido de decir la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad.  Si escarbo un poquito más en su psiquis, me lanzará el guante: en este noble país, en el que poseemos tres altas cumbres poéticas (Mistral, Neruda y Huidobro)  ¿cómo se atreve usted a salir con semejante despanzurro?  Vulgar; de mal gusto.  Así es el escritor que usted proclama como exponente bueno de nuestras letras “chilensis”, digno de leerse.

 

¡Alto el fuego!  Una linda amiga mía, inteligente por añadidura, me dijo que si había traje difícil de ponerse era el de la tolerancia comprensiva.  Acierto notable.  Estamos acostumbrados a hacer según hagan todos.  Es cómodo.  Pudiera ser que hayamos leído, muy de pasada, a los vates antes mencionados.  Y hasta podría darse el caso de que no nos hayan hecho mucha gracia.  ¿Por qué no?  En materia de gustos…  Pero como la opinión pública les era favorable, apechugamos  y nos incorporamos al coro de admiradores.  Todos contentos.  Dejamos hacer.  Dejamos pasar, pero eso no quiere decir que nos convenza el planteamiento, o que nos guste el guiso que nos sirvieron.

 

¡Es el colmo; lo dice usted por puro molestar!  No.  Me costó echar mano a un libro de Nicanor Parra.  Tengo un respeto sacrosanto, cual Cervantes, por esos amigos de papel y tinta que, pacientemente, esperan, en las estanterías, que nos dignemos recordarlos.  Me lavé las manos; acomodé mis lentes en el caballete nasal, y emprendí la marcha.  Todavía estoy paseando por el camino parriano.  Fue como fumar.  Me costó el primer pucho, y después… no he podido dejar de fumar.  Miento.  He dejado de fumar, cincuenta y tantas veces, pero sigo quemando tabaco, dinero y pulmones.

 

¡Ya, a ponerse serios!  Un golpe de “antipoesía” es algo perfectamente serio.  Para quienes piensen, prejuiciosamente, que un antipoeta es un tipo maligno,  que está contra la poesía, tengo buenas noticias.  No son así.  Lo que sucede es que los antipoetas buscaron formas de manejar el idioma.  Y, para ello, usaron el decir común, el habla del pueblo.  No por incapacidad en el empleo estilizado de un vocabulario honorable, sino porque hallaron que las palabras tienen un raro encanto, cuando dicen lo que uno quiere decir.  Claro, simple y al grano.  ¿Qué no?  Veamos.  Suponga, amigo mío, que la jefa del hogar le ha encomendado que le arregle bien la repisita aquélla, la que en un momento, que más vale olvidar, usted acomodó tan mal, que su torpe artilugio, al desprenderse y caer, como estipula la ley de gravedad, estuvo a punto de dejar viudo al negligente artesano.  Usted pretende arreglar la conducta y está en plan de mejoras.  Distraídamente, yerra en un envío del martillo y se deja un dedo a la miseria.  ¿Qué brota de los labios de vuestra señoría?  No un académico “¡Misericordiosos y sangrientos dioses: me he descalabrado un dedo!”, sino  algo así como  ¡Putas; me cagué el dedo!

 

No necesita usted pedir disculpa a nadie.  El dedo y el dolor son suyos.  El derecho a la libre expresión, también.  Dijo como pensaba; lo que la cosa era.  ¿Es usted digno de sanción, por procaz?  No; lo que usted necesita es hielo, árnica, y tolerancia comprensiva.  La antipoesía es amiga de la plebeya franqueza, y del vivir de cada día.  No decimos un soneto gongorino, cuando nos echan de la pega; ni nos ponemos a bailar cueca, cuando se nos muere un hijo.  Esa personita que le hizo, como al desgaire, un pequeño reproche, por su sonora protesta ante la jugada del hado, quizá, interiormente, está gozando, a mares, porque todo un profesor, diestro en el manejo de las letras, se ha expresado como un vulgar carretonero.

 

La antipoesía, concluyamos, no reniega de sus predecesores.  Parra nos dice:  “Sin Mistral, sin Huidobro, sin Neruda/ no hay antipoesía/ Y además retiro lo dicho”.  Les gusta la buena poesía, pero ellos escriben antipoesía…

 

¿Y qué, demonios, es la antipoesía?  Es un luchador, tan bueno como cualquier otro, quizá mejor, que, habiendo dejado el marcial uniforme en casa, se presenta a la palestra vestido de futbolista, porque le es cómodo, y porque le place.

 

¡Caramba; esto de leer a Parra tiene sus secuelas!  Releo lo que hoy he escrito, y me suena “parriano”.  Y, en verdad, no me disgusta.

    De escritor a escritor

La trascendencia de Nicanor Parra, en el mundo literario, hace que ningún escritor, quede inmune frente a su obra. 

Así como Neruda en algún momento escribió "Estravagario" para dar cuenta del impacto literario que causó Nicanor Parra con "poemas y antipoemas", aún existen  escritores que comentan su obra.

En esta sección, Samuel Muñoz, Juan Cameron Y Aristóteles España, entregan su opinión y destacan aspectos del lenguaje de Parra.

Nicanor Parra, Lectura Explosiva

      Por Aristóteles España

Nicanor Parra cumple 90 años.  El creador de los antipoemas es uno de los artistas  más importantes de nuestra lengua. Contra la poesía de escritorio, de pequeño Dios, del tonto solemne, su lenguaje irónico, juguetón, humorístico, coloquial, desacralizó la estructura y el verbo de lo que hasta ese momento se construía poéticamente en Chile y en el orbe.  Tuvo tanta fuerza la edición de sus “Poemas y Antipoemas” en 1954 que hasta Neruda escribió un libro titulado “Estravagario”, dando cuenta del remezón del antipoeta a la literatura contemporánea. Cincuenta años cumple ahora en julio la  primera edición de ese libro espectacular.

Oriundo de San Fabián de Alico, Chillán, nació el 5 de septiembre de 1914. Traductor de poesía inglesa, instaló en nuestro país el discurso y la conciencia ecologista en la década del 60 con sus célebres ecopoemas.

Autor de un Artefacto famoso sobre nuestro Premio Nóbel; cuando éste lo supo reaccionó indignado. El Artefacto dice así: “Si Neruda se lanza del séptimo piso, sígalo, es un buen negocio”. Eran tiempos distintos, de discusiones, polémicas, rencillas literarias al por mayor.

Parra abarcó los temas más disímiles, la política, el humor, la naturaleza, la muerte, la mujer en todas sus formas. Otro Artefacto famoso es: “La izquierda y derecha unidas jamás serán vencidas”.

Parra ha sido candidato al Nóbel tres veces. Lo apoyaron gobiernos, universidades, centros de estudios,  artistas de circo, intelectuales progresistas, príncipes y mendigos. Todos pensamos que el Premio Cervantes 2003 iba a ser para  él  pero se lo dieron a otro grande, Gonzalo Rojas. El mismo autor de “Materia de Testamento” dijo: “mi candidato era Nicanor”.

Solíamos visitarlo en su casa de La Reina con artistas de distintas disciplinas. Era 1982 y había publicado “Poema y Antipoema a Eduardo Frei Montalva”. Creía en la democracia, estaba preocupado por el autoritarismo, la asfixia cultural, la represión. Junto a Luis Sánchez Latorre y otros escritores buscaban consensos y salidas reales a la dictadura. Le temía a una guerra civil. “Sería un desastre”, solía decir.

“Para nuestros mayores la poesía fue un objeto de lujo/Pero para nosotros es un artículo de primera necesidad: no podemos vivir sin poesía”, dice en su Manifiesto. Y Continúa: “Nosotros sostenemos que el poeta no es un alquimista/El poeta es un hombre como todos/Un albañil que construye su muro/Un constructor de puertas y ventanas”. “La antipoesía –dice el autor-se presenta como un testimonio artístico de la sensibilidad que ya no puede satisfacer las necesidades estéticas de un tipo de hombre que quiere vivir de acuerdo a otros valores”. Uno de los principales estudiosos de su obra, Iván Carrasco señala:”La antipoesía tiene que ver con las filosofías existencialistas, las literaturas del absurdo y de la angustia, la literatura de ciencia ficción, la subliteratura en algunas de sus manifestaciones, entre otras. La antipoesía hace uso de la sátira, la negación o el nihilismo”.

Parra cumple 90 años. Hay que crear un premio con su nombre, colocarle Nicanor Parra a una carretera, un aeropuerto, plazas, una bahía, antes de que se nos vaya de este mundo y aparezcan los letrados de siempre a rendirle parabienes que no fueron capaces de otorgarle en vida.

Don Nica: Imágenes en Polaroid

 

  Por Juan Cameron

Recuerdo a Nicanor a los setenta; qué quieren que les diga. Joven, buen mozo, en la flor de su edad (como a él le gustaría ser descrito) lee sus versos en el Instituto Chileno Francés de Cultura, en Santiago, junto a un buen grupo de poetas chilenos de todas las promociones. La oportunidad es propicia para abuenar a Enrique Lihn y Jorge Teillier quienes, por cuestiones de mujeres y no de celos literarios, no se miran con buenos ojos.

Por esos días -tiempo de reconciliaciones, con una dictadura que parece caer- Humberto Díaz Casanueva intenta repetir el gesto, ahora para abuenarse, él, con Nicanor Parra. Yo no sabía de esas diferencias; o, al menos, no me había enterado. En la casa del diplomático vate nacional se sirve buena comida y, frente a la colección de búhos que tanto admirara Verónica Zondek, comparten próceres de las artes y las letras, muchos de ellos ya desaparecidos. Allí recibo el mejor de los elogios hasta el momento en palabras de Juvencio Valle: "Qué bien baila, poeta".

Nicanor no perdona. Cierta tarde, cuando a la SECH concurrían escritores, lo encuentro junto a Teillier y un vino en el refugio López Velarde. Arranco de una efusiva y sureña musa y me apero a la mesa de espaldas al muro, tras una viga. "Por aquí, mijita!", indica el vate a la primera de cambios. "Un hombre asume sus obligaciones", sonríe achicando los ojos.

 

Don Nica en sus primeros ochenta

                Nicanor, humilde como su poesía, dice que "el sol pica de atrasito" cuando, en la Biblioteca Nacional de Santiago de Chile, se le felicita por el Premio Juan Rulfo. En su infinita simpleza ha sido capaz -doce años atrás- de acercarse a un joven poeta en un encuentro literario, en Temuco, y presentarse como si acaso no fuera ya bastante conocido.

                Por supuesto, a veces recuerda sus estudios en Brown y en Oxford y se hace servir té, para él y sus amigos, por una dama sueca que entretanto los deleita con algunas piezas de piano. Frente a los contertulios, en el jardín, el Tío Roberto se apura, entre las quejas de su hermano y patrón, en el cortado del pasto. "No le regalo más ternos" protesta el profesor de Física. "Los cambia por tragos en La Piojera", comenta sin compasión de clase.

                Nicanor lucha contra la Bomba, la personal, esa que le hace guiños a la vuelta de la esquina: "Yo pertenezco al mundo que se fue/ Yo todavía creo en el Socialismo/ Yo todavía creo en Dios y en el Diablo/ Yo soy uno de esos vejetes desubicados/ Que confunden el ser con el ente/ Déjense de pamplinas/ Hacen mal en sacarme de la tumba/ No te rías de mí/ ché papusa", termina el discurso oficial en la Alameda de las Delicias, hoy del Libertador Bernardo O'Higgins, ante autoridades también oficiales al celebrar sus primeros ochenta años.                  

Nicanor no ceja, seguirá luchando contra el "angelorum" como lo ha hecho siempre. Venceremos. Aunque a veces una papusa se ría y cuente -a los mismos contertulios del tecito aquel (el de don Nica, no el de la Paty)- que el gran vate nacional le ofreció un automóvil por sus favores (¡Y lloraba! dijo. Mujeres malhabladas; las cosas que andan diciendo). O que a una poeta y ensayista -y feminisma para más recachas- se le salga, en una mesa de bar y ante los mismísimos dos colegas, ahora con iguales aviesas intenciones que su maestro, que los favores ya no se cumplen a la perfección. Bueno, como dice Pepe Cuevas, tal vez venceremos.

                Con razón borró el ché papusa en la versión (o alocución) definitiva.

 

Y no hablemos de su obra/ O ya en sus noventa

                Hace un par de años no me cruzo con don Nica. La última vez fue en Santiago en un ciclo de homenaje a todo trapo, como el poeta se lo merece. De aquella ocasión -invierno del 2001, me parece- queda un DVD, "14 poetas chilenos contemporáneos", editado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes.

                Describo esa muestra así un titular de policiales: "Como un  sistema de subversión elaborados con objetos encontrados en la cultura contemporánea, puede definirse la exposición Artefactos Visuales del poeta Nicanor Parra Sandoval. Con el auspicio y promoción de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación y la concurrencia de escritores de todo el país. la muestra se llevó a cabo en la sala de la Telefónica, en Santiago".

                Recuerdo sí que, mientras planificaba mi regreso a Chile, a fines del 96, el gran vate nacional atravesó todo Santiago en taxi para festejarme en casa de César Soto. Se le agradece. Y, si quisiéramos aportar con una última imagen, en esta se retrata al poeta junto a su colega Gonzalo Rojas y los jóvenes Lihn y Teillier, mientras a pie de página se lee "grandes promotores de la actual poesía chilena".

 




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